1.12.08

Flujo & Drang

Salí de la pieza y grite, grite mucho. Volví, puse algo de música mientras ella me miraba con una sonrisa en los labios. Sabía que estallaría en risas si no se contenía, nunca reaccione bien a nada y menos ahora. Rió y mucho, tal vez demasiado y no pude evitar contagiarme. A pesar de todo lo que hizo, no puedo enojarme con ella. O no más de unos segundos, al final, solo estaba ebrio y soñaba en mi auto cuando ella llego. La conocí allí, fue un segundo, le conté algunas cosas, prendí un cigarro y eso que había dejado de fumar. Ella se limito a escuchar y reír en las partes chistosas y poner cara de seria en las partes serias (aunque sus labios delataban una sonrisa). Al final acabe la cajetilla entera y la promesa de un café al día siguiente. Y esos cafés fueron varios, también fueron varios los almuerzos, los viajes, los tragos y las risas. Un día ella me pidió matrimonio. Me sorprendí pero inflamo al instante mi corazón y loco de alegría aullé a la Luna. A la semana éramos marido y mujer. A la semana ella me dijo que me dejaba por otro, uno que conoció a la salida de un Happyhour que fue con sus amigas. Lo vio medio ebrio abriendo la puerta de su auto, lo vio con su chaqueta negra, sus jeans gastados, su tarareo de alguna canción y no resistió conocerlo, escucharlo, ver como prendía un cigarro a pesar de que había dejado de fumar, de cómo le contó su vida, extraña y excitante, de cómo la invito a tomar un café al día siguiente. Así fue como mi mujer me engaño, se divorcio y me conoció de nuevo. Cada día pasaba algo diferente y cada día nos volvimos a enamorar. Anoche ella dio su último aliento y murió, después de divorciarnos y casarnos cada día por 50 años. Para mí ya no quedan mujeres en el mundo, solo la muerte sonriente, que escribe mientras le dicto como un último favor. Adiós…

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